Todo había quedado
como al principio. Después de aquel sangrado el día que empezábamos a reducir
dosis de la medicación de la transferencia de nuestros embriones. A aguantarse
15 días más con la misma medicación hasta ver al obstetra.
Un día antes de cumplir
mis 15 hermosas semanitas de embarazo, ahí estábamos, sentaditos felices,
esperando directivas. En un papelito empezó a anotar: hoy dejás el ronfase, el
21 quitás una progynova, y el 27 la otra, así definitivamente sacamos el
estradiol.
Y me entrega el
papelito, al que le faltaba, sin dudas, el motivo por el que estaba tan feliz
sentadita enfrente. No, no iba a dejar la progesterona. Hay embarazos que la
necesitan. Por ahí más adelante te bajo la dosis a dos. Y bla bla bla.
Y sé,
definitivamente, que es una tontería. Cuatro betaesperas soñé no tener que
dejar la progesterona el día de la beta. Tanto supliqué por ello, que acá
estoy, por lo menos hasta la semana 21 (y por lo que dijo nuestro obstetra,
seguramente por el resto del embarazo, pero a mi me gusta ir pensando que hasta
la semana 21 y después vemos) chupándome vía vaginal ese pegote horrendo.
Insisto, sé que es
una tontería estar angustiada por eso. Pero lo estoy. De hecho, tuve un fin de
semana a pura bronca y llanto. Ya pasó. Ya lo asumí y pretendo en algún momento
empezar a disfrutar esto, así que a mirar para otro lado y seguir pegoteándome
toda. Pero seguir con progesterona significa mucho más que la incomodidad.
Significa que sigo siendo infertil. Que mi cuerpo sigue sin poder, que nunca
pudo. Que todo sigue siendo tan frágil como al principio. Y se
"sostiene" gracias a los 15 medicamentos con los que me drogo por
día, entre pastillas, óvulos, gotas e inyecciones.
Me he inyectado
glóbulos blancos de mi marido sin ninguna seguridad de que funcionara (o, lo
que es peor, de que no me hiciera daño eventual a futuro), no me jode tener que
seguir poniéndome óvulos. Me pincho heparina en la panza todos los días, aunque cada
vez sea más difícil encontrar el lugar y apretar un "rollo" cuando el
bebé crece y la panza se hace más dura. De embarazo normal no tiene nada. Yo lo
entiendo. Lo asumo. Así lo tengo que hacer y estoy feliz de poder estar
viviéndolo. Sonrío con cada maldita inyección dolorosa porque eso significa que
sigue teniendo un sentido.
Pero dejar la progesterona me hacía sentir un poco
más normal. Dejar de usar protector diario. Dormir con cola less. Hacer el amor
cuando me plazca.
Pero, sin dudas, el
mayor beneficio de dejar a mi amiga, la de pegote: dejar de tener miedo.
Pd: no hace falta
que me levanten el ánimo, ya lo hizo mi peque solito, sólo por existir y crecer
dentro mío. Si quiere progesterona, tendrá progesterona!!!
